Pasó por Cannes en el 2009 con Navidad y ahora el director chileno clasificó para otro festival europeo con su filme sobre el sismo de 2010.
Algunos escarban en géneros bastardos y menospreciados y les sacan lo mejor que encuentran. Ernesto Díaz, por ejempo, aplicó el kungfu y los superhéroes a Kiltro yMirageman. Otros, como Pablo Larraín, buscan historias menores amuralladas por el Chile con mayúsculas, en el de Allende y Pinochet. Y sus cintas Tony Manero y Post mórtem, son dos trabajos que gustaron afuera, en Cannes y Venecia, respectivamente.
Pero dentro de esta generación de cineastas de 30 y tantos años también hay espacio para la religión. Aunque sea desde el punto de vista de un diletante que no necesariamente tiene fe, pero sí mucha curiosidad intelectual. Sebastián Lelio es de esos: curioso, interesado en el Libro de Job del Antiguo Testamento. A sus anteriores películas, La sagrada familia y Navidad, les puso títulos de ecos espirituales y las situó en fecha de asueto religioso.
Ahora vuelve con El año del tigre, que alude al zodíaco chino en su nombre, pero que es católica en sus implicancias. Su historia, la del ex presidiario Manuel, es la de un hombre que no encuentra consuelo en la libertad. Acaba de escapar de la cárcel de Curepto aprovechando la destrucción provocada por el terremoto del 27 de febrero, pero en el camino sólo halla miseria y muerte. Los cánticos de grupos evangélicos al paso y el encuentro con un fervoroso y alcoholizado campesino le indican que tal vez la única esperanza es una buena dosis de creencia. Pero sólo tal vez.
"Esto de la religión es como una aspirina mental, una adrenalina metafísica que a mí me sirve para crear historias, para armar películas. Aun así sospecho que Manuel, el protagonista de esta película, no cree en nada, no es religioso. Está perdido", dice Lelio. "En toda la película está por ahí el Antiguo Testamento, ese con un Dios castigador. Y el Libro de Job, que es muy bonito literariamente, es un largo reclamo de un hombre hacia Dios. Es el que le toca recitar al personaje del borracho (Sergio Hernández)", explica el director.
Tal escena tiene lugar en la mitad del metraje, cuando Manuel ya ha vagado demasiado, amordazado por la incomunicación, sin encontrar rastros de familiares en su antigua y destrozada casa. Camina aún más, con hambre, y se acerca a unos choclos apilados en el lodo. Los come, así, crudos. La inanición lo puede todo y sigue mascando. Hasta que una escopeta en manos del dueño de la casa lo detiene. "¿Qué hacís? ¿Te creís chancho?", le pregunta el campesino interpretado por Sergio Hernández. Luego, ya en la noche, ambos se emborrachan. Pero el dueño de casa bebe más de la cuenta: habla demasiado, le reza a Dios, demuestra ser un arrepentido, se entrega, recuerda el Libro de Job.
"Este es el peor tipo que Manuel se puede encontrar en el camino. Un creyente en la más abyecta de sus versiones, un fanático", advierte Lelio, que ya en La sagrada familia le dio a Hernández el ingrato rol de un padre interesado en la novia de su hijo. "Es un gran actor improvisando. Tenía además que estar a la par con Luis Dubó, otro tipo con fuerte presencia escénica", explica.
La urgencia de filmar
El año del tigre, seleccionada en el prestigioso Festival de Locarno (Suiza), es el caso de un trabajo hecho sobre la marcha y reaccionando a la inmediatez de los hechos. En el 2010, Lelio esperaba hacer otra película: la de una madre solitaria y con enfermedad terminal. El terremoto de febrero y un par de historias nacidas de tal tragedia lo llevaron a rodar El año del tigre.
"La historia de los fugados de la cárcel y la de los animales que se salieron del circo eran tentaciones insoslayables. Decidimos armar un guion con esos casos reales y en abril del 2010, en dos semanas, filmamos en todo el sector devastado: Duao, Constitución, Iloca, Curepto. Luego hubo que hacer interactuar al preso con el tigre. Ambos se encuentran y se tocan. Una experiencia absoluta: hubo que sedar al animal", recuerda. "Pero es duro. Un felino así te podría eventualmente comer. Hay que rodearse de veterinarios y especialistas", añade.
La filmación en medio de ruinas operó como una "pila de energía" en palabras de Lelio. Llegar a rodar es una etapa a la que paradójicamente los cineastas chilenos arriban agotados: "Cuesta tanto todo, postular a fondos y convencer a productores que cuando llega la hora de rodar uno está cansado, triturado. Pero acá la realidad nos proporcionó la urgencia ideal para filmar. El estado de peligro".
La película, de presupuesto reducido, se encontró además con otra urgencia. Mientras la posproducían, se rodó y estrenó en tiempo récord 3:34, filme sobre el terremoto que en abril estuvo en salas. Fue un éxito de taquilla insospechado (176 mil personas). Una de sus historias, la del preso, era similar a la que narra El año del tigre.
"¿Cómo vino esa coincidencia? No lo sé", dice Lelio. "A la larga, las historias del terremoto estaban ahí, sobre la mesa. Cualquiera las podía tomar y hacer películas. También todo el mundo puede hacer un largometraje sobre el 11 de septiembre de 1973, pero no todos con la autopsia de Allende, como es el caso de Post mórtem. Lo que puedo decir de 3:34 es que me entretuvo".
Las coincidencias han cercado a El año del tigre: su títulos es similar a Tres tristes tigres, la película de Raúl Ruiz que en 1969 ganó el Leopardo de Oro, un galardón con nombre de felino. 43 años después, el festival suizo recibe por segunda vez a un filme chileno cuyo tigre es triste. Pero también trágico y telúrico.
Fuente: LaTercera.com
Pero dentro de esta generación de cineastas de 30 y tantos años también hay espacio para la religión. Aunque sea desde el punto de vista de un diletante que no necesariamente tiene fe, pero sí mucha curiosidad intelectual. Sebastián Lelio es de esos: curioso, interesado en el Libro de Job del Antiguo Testamento. A sus anteriores películas, La sagrada familia y Navidad, les puso títulos de ecos espirituales y las situó en fecha de asueto religioso.
Ahora vuelve con El año del tigre, que alude al zodíaco chino en su nombre, pero que es católica en sus implicancias. Su historia, la del ex presidiario Manuel, es la de un hombre que no encuentra consuelo en la libertad. Acaba de escapar de la cárcel de Curepto aprovechando la destrucción provocada por el terremoto del 27 de febrero, pero en el camino sólo halla miseria y muerte. Los cánticos de grupos evangélicos al paso y el encuentro con un fervoroso y alcoholizado campesino le indican que tal vez la única esperanza es una buena dosis de creencia. Pero sólo tal vez.
"Esto de la religión es como una aspirina mental, una adrenalina metafísica que a mí me sirve para crear historias, para armar películas. Aun así sospecho que Manuel, el protagonista de esta película, no cree en nada, no es religioso. Está perdido", dice Lelio. "En toda la película está por ahí el Antiguo Testamento, ese con un Dios castigador. Y el Libro de Job, que es muy bonito literariamente, es un largo reclamo de un hombre hacia Dios. Es el que le toca recitar al personaje del borracho (Sergio Hernández)", explica el director.
Tal escena tiene lugar en la mitad del metraje, cuando Manuel ya ha vagado demasiado, amordazado por la incomunicación, sin encontrar rastros de familiares en su antigua y destrozada casa. Camina aún más, con hambre, y se acerca a unos choclos apilados en el lodo. Los come, así, crudos. La inanición lo puede todo y sigue mascando. Hasta que una escopeta en manos del dueño de la casa lo detiene. "¿Qué hacís? ¿Te creís chancho?", le pregunta el campesino interpretado por Sergio Hernández. Luego, ya en la noche, ambos se emborrachan. Pero el dueño de casa bebe más de la cuenta: habla demasiado, le reza a Dios, demuestra ser un arrepentido, se entrega, recuerda el Libro de Job.
"Este es el peor tipo que Manuel se puede encontrar en el camino. Un creyente en la más abyecta de sus versiones, un fanático", advierte Lelio, que ya en La sagrada familia le dio a Hernández el ingrato rol de un padre interesado en la novia de su hijo. "Es un gran actor improvisando. Tenía además que estar a la par con Luis Dubó, otro tipo con fuerte presencia escénica", explica.
La urgencia de filmar
El año del tigre, seleccionada en el prestigioso Festival de Locarno (Suiza), es el caso de un trabajo hecho sobre la marcha y reaccionando a la inmediatez de los hechos. En el 2010, Lelio esperaba hacer otra película: la de una madre solitaria y con enfermedad terminal. El terremoto de febrero y un par de historias nacidas de tal tragedia lo llevaron a rodar El año del tigre.
"La historia de los fugados de la cárcel y la de los animales que se salieron del circo eran tentaciones insoslayables. Decidimos armar un guion con esos casos reales y en abril del 2010, en dos semanas, filmamos en todo el sector devastado: Duao, Constitución, Iloca, Curepto. Luego hubo que hacer interactuar al preso con el tigre. Ambos se encuentran y se tocan. Una experiencia absoluta: hubo que sedar al animal", recuerda. "Pero es duro. Un felino así te podría eventualmente comer. Hay que rodearse de veterinarios y especialistas", añade.
La filmación en medio de ruinas operó como una "pila de energía" en palabras de Lelio. Llegar a rodar es una etapa a la que paradójicamente los cineastas chilenos arriban agotados: "Cuesta tanto todo, postular a fondos y convencer a productores que cuando llega la hora de rodar uno está cansado, triturado. Pero acá la realidad nos proporcionó la urgencia ideal para filmar. El estado de peligro".
La película, de presupuesto reducido, se encontró además con otra urgencia. Mientras la posproducían, se rodó y estrenó en tiempo récord 3:34, filme sobre el terremoto que en abril estuvo en salas. Fue un éxito de taquilla insospechado (176 mil personas). Una de sus historias, la del preso, era similar a la que narra El año del tigre.
"¿Cómo vino esa coincidencia? No lo sé", dice Lelio. "A la larga, las historias del terremoto estaban ahí, sobre la mesa. Cualquiera las podía tomar y hacer películas. También todo el mundo puede hacer un largometraje sobre el 11 de septiembre de 1973, pero no todos con la autopsia de Allende, como es el caso de Post mórtem. Lo que puedo decir de 3:34 es que me entretuvo".
Las coincidencias han cercado a El año del tigre: su títulos es similar a Tres tristes tigres, la película de Raúl Ruiz que en 1969 ganó el Leopardo de Oro, un galardón con nombre de felino. 43 años después, el festival suizo recibe por segunda vez a un filme chileno cuyo tigre es triste. Pero también trágico y telúrico.
Fuente: LaTercera.com

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